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miércoles, 21 de marzo de 2012

1Q84 - Miradas

—¡Qué raro! Si hubiera sido yo, seguro que habría movido todos los hilos para encontrar su paradero. Si tanto te gusta, deberías buscarlo y declararle cara a cara que estás enamorada de él.
—No quiero hacer eso —dijo Aomame—. Lo que deseo es encontrarlo un buen día, por casualidad. Cruzarnos en la calle, por ejemplo, o coincidir en el mismo autobús.
—Un encuentro del destino.
—Bueno, algo así —dijo Aomame y bebió un trago de vino—. En ese momento, le abriría mi corazón. «Eres el único al que he amado en toda mi vida.»

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—No sé cómo explicarlo, pero para mí no es un hecho tan obvio.
—¿De veras? —dijo Ayumi, asombrada—. Aunque no entiendo nada de lo que sientes o el estado en el que te encuentras, sea cuando sea, o estés donde estés, siempre habrá alguien a quien amas profundamente. A mí me das una envidia terrible. Yo no tengo a nadie así.
Aomame posó la copa de vino sobre la mesa. Se limpió ligeramente la boca con la servilleta y habló.
—Quizá tengas razón. Independientemente del momento que sea, o de dónde me encuentre, siempre querré verlo. Me muero por verlo. Eso es lo único cierto. Es lo único de lo que puedo estar segura.
—Si te parece bien, podría consultar la documentación de la policía. Si encontrara información, tal vez podríamos saber dónde está y qué hace.
Aomame negó con la cabeza.
—No busques, por favor. Creo que ya te lo dije: un día me lo encontraré de forma inesperada en alguna parte. Por casualidad. Sólo espero, paciente, a que ese momento llegue.

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—No, porque me encuentro en un mundo que no es éste.
—Yo no estoy en el mundo que no es éste.
—No sólo tú. La gente que se encuentra en este mundo no está en el otro.
—¿En qué se diferencia ese mundo de éste? ¿Te das cuenta de en cuál de los dos mundos estás?
—Sí que me doy cuenta, porque soy yo quien escribe.
—Me refiero al resto de la gente. Por ejemplo, si de repente, por algún motivo, yo me metiera en ese mundo.
—Supongo que sí —dijo Tengo—. Porque, por ejemplo, en el otro mundo hay dos lunas.

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—El libro que leíamos era Martin Chuzzlewit. Yo tenía dieciocho años, llevaba un vestido muy mono con volantes y el pelo recogido en una coleta. Era muy estudiosa y, por aquel entonces, aún era virgen. A lo mejor te parece que estoy hablando de otra vida, pero la cuestión es que lo primero que aprendí al llegar a la universidad fue la diferencia entre lunatic e insane. ¿Qué? ¿No te excita imaginártelo?
—Claro que sí. —Cerró los ojos y se imaginó el vestido de volantes y la coleta. Una chica estudiosa aún virgen. Pero de unos celos completamente desmesurados. La Luna iluminando el Londres de Dickens. Gente insana y gente lunática deambulando por sus calles. Todos llevan sombreros y bigotes similares.
¿Cómo se distingue la diferencia? Al cerrar los ojos, Tengo dejó de estar seguro
de a qué mundo pertenecía.

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—¿Por qué sabes tanto de jazz viejo? —le había preguntado Tengo en una ocasión.
—Hay muchas cosas de mi pasado que desconoces. Un pasado que nadie puede reescribir. —Y le había acariciado los testículos suavemente con la palma de la mano.

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Su deseo por la niña se limitaba a querer que le agarrara otra vez la mano. Quería quedarse a solas con ella, sin nadie más alrededor, y que le sujetara la mano con fuerza. Y que le contara cualquier cosa sobre ella. Quería que le confesara en voz baja los secretos de cómo era, los secretos de cómo era una niña de diez años. El intentaría comprenderla. Entonces, seguramente empezaría algo. Tengo aún no tenía ni idea de qué era ese algo.

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—Por cierto, ¿conoces la historia del gato vegetariano y el ratón?
—No.
—¿Quieres que te la cuente?
—Por supuesto.
—Un ratón se encontró con un gran gato en un desván, que lo acorraló en una esquina sin dejarle escapatoria. El ratón le dijo, temblando: «Por favor, señor Gato, no me coma. Tengo que volver a mi hogar. Mis hijos me esperan hambrientos. Déjeme huir». El gato le respondió: «No te preocupes. No te voy a comer. No se lo digas a nadie, pero yo soy vegetariano. No puedo comer carne, así que has tenido suerte al encontrarte conmigo». El ratón le dijo: «¡Ah! ¡Qué día más maravilloso! ¡Qué ratón tan afortunado soy! ¡Mira que topar con un gato vegetariano!». Pero al instante, el gato se abalanzó sobre el ratón, lo inmovilizó con las zarpas y le clavó sus afilados dientes en el cuello. El ratón agonizante preguntó al gato con su último aliento: «¿Pero no habías dicho que eres vegetariano y no puedes comer carne? ¿Era una mentira?». El gato dijo relamiéndose: «No, no puedo comer carne. No te he mentido. Por eso, voy a
llevarte en la boca y te voy a cambiar por lechuga».

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Aquél era el lugar en el que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que habían dispuesto para él. Y el tren jamás volvería a detenerse en aquella estación para llevarlo a su mundo de origen.

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Tanto 1984 como 1Q84 funcionan bajo los mismos principios. Si no crees en el mundo o si careces de amor, todo será una mera falsificación. En ambos mundos, o estés en el mundo que estés, la línea que divide las hipótesis de los hechos es, en la mayoría de los casos, imperceptible. Esa línea sólo se puede observar con los ojos del corazón.

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—Pero al final me he dado cuenta. Ella no es un concepto, no es una imagen, no es una metáfora. Es un ser real con un cuerpo cálido y un espíritu activo. Y ese calor, esa actividad son algo que no puedo perder. He tardado veinte años en comprender algo tan obvio. Siempre me ha costado pensar las cosas, pero esto ha sido el colmo. Quizás ya sea demasiado tarde, pero en cualquier caso quiero buscarla. Aun suponiendo que sea tarde.

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»Voy a hacerlo otra vez. Por pura curiosidad. Quiero saber qué ocurrirá si hago lo mismo en el mismo lugar y vestida de la misma forma. No lo hago con la idea de salvarme. No le tengo ningún miedo a la muerte. Llegada la hora, no vacilaré ni un instante. Puedo morir con una sonrisa en la cara.» Pero Aomame no quería morir ignorante, sin llegar a comprender cómo se había originado todo. «Quiero intentarlo todo. Si fracaso, me daré por vencida. Pero haré todo lo posible hasta el último momento. Es mi manera de vivir.»

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