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viernes, 13 de junio de 2014

Tengo huellas de azul entre mis dedos. Debe ser de intentar atrapar el cielo, de estamparse contra el suelo y someterme a mis especiales bautismos de fuego.
Me arden las pestañas.
Me emponzoñan el corazón tres Arañas: Sombra, Luz y Sangre, tres cosas extrañas metidas en mis entrañas.
Se me cierran los ojos.
Ahumada por tus rastrojos asisto exultante a los destrozos, a la muerte de un pasado y a la promesa de unos corazones que palpitan.
Se me está llevando la corriente.
Y tú esperas impaciente esperando recogerme en tu red, cabrón valiente, que no sabe ni lo que siente.

domingo, 11 de mayo de 2014

A veces me preguntan por qué escribo. No se me da especialmente bien, no pretendo dedicarme a ello, pero aun así a veces siento ese cosquilleo en el cerebro, en el corazón o en el hígado, la anatomía nunca ha sido mi fuerte. Escribir es un acto en sí, para mí el producto final es lo de menos. Me importa poco si el resultado es ininteligible, críptico o carece de sentido, porque enlazar unas letras con otras es una de las pocas cosas que me ayudan a mantenerme moderadamente cuerda. Sólo las personas que escriben saben cómo es esa sensación. Cuando te levantas un día por la mañana con la mente nublada, con pensamientos que no sabes cómo expresar (o no te atreves), y tu propia mente te percute incesante, te bombardea con escenas, con sentimientos que gritan por ser liberados al mundo de alguna manera. Ahí está la belleza de crear. Nosotros, los artistas, los creativos, no decidimos conscientemente cuándo o qué vamos a crear. Es una cosita extraña que llevamos dentro la que nos impulsa, y a la que se le han dado mil nombres: Inspiración, musas, locura,... Y lo irónico es que no se puede fingir. La creación es algo genuino que no se puede controlar. Como un ataque de epilepsia que culmina en una implosión colorida de nuestro pensamiento. No importa qué hacemos. Es el proceso de crear lo que nos hace libres.

lunes, 28 de abril de 2014

Alucinaje

Aquí sigo yo, con el reflejo de mi pupila dilatada sobre el cristal que nos separa. Mi alucinación entrópica (que no enteópica) y yo nos cogemos de la mano al caminar. Es tu aliento cálido y especiado, y también es un soplo de viento, violento y voraz.
Tu recuerdo cíclico me devora inexorable, arrancando con tus dedos largos pedazos de la poca cordura que no absorbiste.
No sé ni lo que digo. No sé ni lo que pienso. Sólo hilvano sensaciones con las torpes puntadas de quien no sabe tejer su propia existencia, y entre los hilachos almaceno latidos arrítmicos cuyo pulso se asemeja perturbadoramente al de mis labios susurrando en silencio tu nombre.
El sabor a madera vieja en mi lengua me recuerda a las promesas que nunca pronunciamos, a las miradas esas que queman, que me dejan las tripas incandescentes y me derriten el pensamiento.
Sigo ondulando en dirección contraria al Universo, mis pies descalzos acarician el rumbo marcado sobre tu piel. Zigzags. Círculos.
Dejo vagar de nuevo mi mano por tu espalda al pasar tras de ti, y siento que las yemas de mis dedos hormiguean a través de la tela.

Juguemos una partida de ajedrez en la que los escaques estén hechos de tela, y en la que gane el primero en destrozar la garganta del otro.


La corona del rey depuesto descansa sobre tu cabeza. Pero no hay Lunas, ni piedras que griten, ni hogueras para iluminar las sombras que te envuelven.