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lunes, 28 de abril de 2014

Alucinaje

Aquí sigo yo, con el reflejo de mi pupila dilatada sobre el cristal que nos separa. Mi alucinación entrópica (que no enteópica) y yo nos cogemos de la mano al caminar. Es tu aliento cálido y especiado, y también es un soplo de viento, violento y voraz.
Tu recuerdo cíclico me devora inexorable, arrancando con tus dedos largos pedazos de la poca cordura que no absorbiste.
No sé ni lo que digo. No sé ni lo que pienso. Sólo hilvano sensaciones con las torpes puntadas de quien no sabe tejer su propia existencia, y entre los hilachos almaceno latidos arrítmicos cuyo pulso se asemeja perturbadoramente al de mis labios susurrando en silencio tu nombre.
El sabor a madera vieja en mi lengua me recuerda a las promesas que nunca pronunciamos, a las miradas esas que queman, que me dejan las tripas incandescentes y me derriten el pensamiento.
Sigo ondulando en dirección contraria al Universo, mis pies descalzos acarician el rumbo marcado sobre tu piel. Zigzags. Círculos.
Dejo vagar de nuevo mi mano por tu espalda al pasar tras de ti, y siento que las yemas de mis dedos hormiguean a través de la tela.

Juguemos una partida de ajedrez en la que los escaques estén hechos de tela, y en la que gane el primero en destrozar la garganta del otro.


La corona del rey depuesto descansa sobre tu cabeza. Pero no hay Lunas, ni piedras que griten, ni hogueras para iluminar las sombras que te envuelven.