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domingo, 11 de mayo de 2014

A veces me preguntan por qué escribo. No se me da especialmente bien, no pretendo dedicarme a ello, pero aun así a veces siento ese cosquilleo en el cerebro, en el corazón o en el hígado, la anatomía nunca ha sido mi fuerte. Escribir es un acto en sí, para mí el producto final es lo de menos. Me importa poco si el resultado es ininteligible, críptico o carece de sentido, porque enlazar unas letras con otras es una de las pocas cosas que me ayudan a mantenerme moderadamente cuerda. Sólo las personas que escriben saben cómo es esa sensación. Cuando te levantas un día por la mañana con la mente nublada, con pensamientos que no sabes cómo expresar (o no te atreves), y tu propia mente te percute incesante, te bombardea con escenas, con sentimientos que gritan por ser liberados al mundo de alguna manera. Ahí está la belleza de crear. Nosotros, los artistas, los creativos, no decidimos conscientemente cuándo o qué vamos a crear. Es una cosita extraña que llevamos dentro la que nos impulsa, y a la que se le han dado mil nombres: Inspiración, musas, locura,... Y lo irónico es que no se puede fingir. La creación es algo genuino que no se puede controlar. Como un ataque de epilepsia que culmina en una implosión colorida de nuestro pensamiento. No importa qué hacemos. Es el proceso de crear lo que nos hace libres.

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